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CAPITULO ONCE EL REGRESO. LOS ESTIGMAS.
Es verdad que una retirada a tiempo es mejor que una batalla perdida. La
muerte en Tierra de moros, nos rondaba constantemente y nuestra suerte estaba
pendiente de un hilo o de un dolor de muelas, del árabe. El Papa
Inocencio III pedía una nueva Cruzada y las cosas se ponían cada vez más difíciles.
También para el bueno de Francisco. Su cuerpo se estaba debilitando en poco
tiempo y aunque tenía un salvoconducto del mismo sultán al-Kamir, parece ser
que Francisco no logró recorrer los aproximadamente 160 kilómetros que le
separaba de Tierra Santa y en octubre de ese ano de 1220, quizás aprovechando
una expedición de regreso del rey Juan, se embarca
hacia Italia. Por aquel
entonces y dos años antes de su muerte, tiene lugar el suceso más
significativo de su unión espiritual y carnal con las heridas de Jesucristo. Desde que se
tiene noticia de la existencia de los estigmas, se ha venido a debatir lo real o
irreal de las estigmatizaciones. Puede decirse, que todo el mundo tiene o pude
tener un halo de duda o desconfianza. No es a
Francisco al único a quien le
premia Dios, para que
comparta las heridas de su Hijo siendo un mortal. A lo largo de la
historia de la Iglesia, otros han sido también portadores de las llagas de
Cristo, marcas de los clavos en las manos y pies y de la herida del costado. Y
Francisco reacciona también, como muchos otros, sin hacer alarde de ello, como
viviendo una realidad espiritual muy sorprendido, queriendo ocultarlo y sin
necesidad de gloriarse públicamente de ello, lo que significaría a ojos de los
demás un pecado de vanidad sin
medida. Tomás de
Celano, su biógrafo lo describe así: “Una mañana,
dos años antes de su muerte, alrededor de la festividad de la Exaltación de la
Cruz, mientras estaba rezando en la ladera de una montaña llamada La Verna,
se le apareció un serafín bajo la bella figura de un crucificado, con las
manos y los pies extendidos como encima de una cruz y mostrando claramente el
rostro de Jesucristo. Llevaba dos alas encima de la cabeza, dos cubrían el
resto de su cuerpo hasta los pies y dos estaban extendidas como en pleno vuelo. Cuando hubo
pasado la visión, el alma de Francisco se incendió de amor y en su cuerpo
apareció la maravillosa impresión de las llagas de Nuestro Señor
Jesucristo.” Estas marcas
que aquí se relatan son las impresiones
de los clavos de Cristo en las manos y en los pies, así como una llaga muy
vistosa en el costado, que se asemejaba a la abertura con la lanza del soldado,
cuando Jesús estaba en la cruz. Fue en un
momento de éxtasis contemplando un ventanal, cuando vi por primera vez un
gravado de los estigmas de Francisco y en seguida una voz interior me preguntó
me preguntó: ¿“no te lo crees verdad”?
a lo que yo respondí: Bueno y ¿ qué
hay que hacer para que las heridas de Cristo se revelen en el cuerpo de uno?
Porque yo he oído de otros también, santos y santas de la Iglesia que
han tenido esta experiencia. ahora lo hemos conocido por el Padre Pío,
recientemente canonizado, hecho Santo, San Padre Pío y que por mucho tiempo fue
polémico y por mucho tiempo ocultaba a todos esta impresión en su cuerpo. A
veces me viene la duda de si no se lo hicieran ellos mismos. Sería fácil si
resistes el dolor. Por supuesto,
que sería más o menos fácil- me contestó la voz- Yo he visto fakires,
personas que laceran su cuerpo para el espectáculo, incluso crucificados en
Manila. Pero esto se trata de un acto de fe. ¿Quién te puede demostrar tantas
cosas que Jesús hizo en vida, inclusos los apóstoles y sin embargo las creemos
por fe. Pero piensa que
Francisco, por las mortificaciones sufridas a lo largo de su vida, por la fama
que ya tenía y que iba creciendo cada día, hasta que la gente ya le
consideraba santo en vivo, creo que no necesitaba hacer ningún acto
extraordinario, sino que el mismo Dios le premia con estos estigmas. Y todavía algo
incrédulo le respondí inmediatamente: ¡pues vaya premio! Más le hubiera
valido que le hubiese dado unas palmaditas en la espalda, en vez de sufrir tamaño
dolor. Y riéndose
otra vez la voz interior me contestó: ¡quien sabe! Tal vez Dios cada día le
despertaba con unas palmaditas en la espalda.
Fray Estigma de Cristo
2003 04-02 Newark |
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