|
ES DIFÍCIL NADAR
CONTRA
CORRIENTE
Me pregunto a veces hasta qué punto vale la pena trabajar tanto
para llegar a la gente transmitiendo valores significativos, ayudando a
los más necesitados, brindando oportunidades de realización a quienes
acuden a nosotros. Uno necesita, de vez en cuando, ver resultados, oír
voces de personas agradecidas, tomar conciencia de que todo lo que hacemos
no es tiempo perdido. Y no es que necesitemos perentoriamente palabras de
agradecimiento, ni que busquemos pagas o promociones por el trabajo que
llevamos a cabo; es todo mucho más sencillo: solos no podemos,
necesitamos la ayuda de los demás, la carga de trabajo a menudo nos
agobia y pensamos que será muy doloroso dejar de ayudar. Nuestros
proyectos no son simples sueños utópicos, sino realizaciones concretas.
Atendemos cientos de niños abandonados, llegamos a muchos miles de
hogares con nuestra revista, ayudamos a cientos de escuelas, centros de
acogida, parroquias, brindamos información, formación y compañía a
través de nuestra pagina web, ofrecemos música y palabras mediante
nuestra emisora, aliviamos necesidades perentorias de comida, ropa y
enseres domésticos a miles de familias... La lista se haría
interminable. Sólo Dios y las personas que reciben nuestra ayuda saben
todo cuanto hacemos. Gratuitamente. Con total dedicación.
Pero, a
veces nos cansamos de nadar contra corriente. Son muy pocas las personas
que nos ayudan. Necesitamos más recursos económicos. Necesitamos ayuda
urgente, o nos veremos obligados a disminuir algunos servicios.
Llegamos con nuestra revista IMPULSOS EDUCATIVOS a más de 50.000
personas. Estamos en escuelas, hospitales, parroquias, centros
universitarios, despachos profesionales, centros de esparcimiento,
emisoras, periódicos, hogares, círculos de oración, iglesias, etc. Y no
llegan al centenar las personas que aportan alguna contribución económica.
Con la crisis actual, vemos el panorama futuro un poco desalentador. ¿Podremos
seguir editando IMPULSOS EDUCATIVOS? En las condiciones actuales, seguro
que NO. Debe aumentar el número de lectores que aporten su ayuda económica
si queremos que siga publicándose nuestra revista. La esperanza, una vez
más, es lo último que se pierde.
La fe mueve montañas. Y tenemos motivos más que justificados para
creer que podremos seguir adelante. Mi corazón me grita motivos que mi
razón no entiende. Mis amigos están algo asustados cuando ven mi
preocupación. Me gritan que primero es la salud. Me sugieren que
descanse, que deje ya de tocar las puertas de lo imposible. Pero yo, con
tozuda insistencia, quiero creer que los imposibles pueden hacerse
posibles. Eso
he aprendido en la lucha diaria con golpes de fe y de plegaria.
Le pido a mi buen Dios que mantenga en mi cansado corazón la energía
de una esperanza sin fronteras. Quiero cerrar los ojos ante quienes luchan
por sembrar en nuestros campos las espinas hirientes del “ya nada tiene
remedio”. No haré caso a los agoreros de mala siembra que golpean sin
piedad los mejores propósitos del ser humano. No hay cabida en nuestros
proyectos para quienes solamente tienen ojos y oídos para el mal, y no
saben gozar del milagro de un amanecer o de la suavidad del beso de un
inocente niño.
Me despido con la mano tendida y el corazón caliente, esperando
que nuestros socios, amigos, lectores, simpatizantes atiendan nuestra
llamada y nos ayuden a nadar contra corriente en un mundo que va cuesta
abajo en busca de honores, bienes materiales, placeres y halagos. Lo
nuestro es otra cosa: es el milagro permanente del amor desinteresado.
P. Gregorio Mateu
|