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FRANCISCO DE ASÍS Y EL SEGUNDO MANDAMIENTO

“no jurarás el nombre de Dios en vano” 

              Significa cuando difamamos, injuriamos, insultamos, blasfemamos, no solo estamos haciendo un daño al hermano, sino que estamos insultando también a Dios.

              ¿Cuáles son los pecados contra el segundo mandamiento?

-         La invocación irreverente del nombre de Dios o de Jesucristo.

-         La blasfemia.

-         El juramento falso.

              Es verdad que “jurar en nombre de Dios en vano” también es ofensivo cuando en la conversación, en el pensamiento o en la acción, tenemos un juicio sucio, empleamos palabras groseras o incluso pensamos con palabras que pueden dañar u ofender a otro.

              Muchos se piensan que porque no ofenden directamente a Dios, no se le esta haciendo un mal si utiliza palabras groseras contra alguien, se dedica a difamar contra alguien, o en definitiva, maltrata a alguien de palabra o en el pensamiento; entonces decimos que también se ofende a Dios: “todo lo que hagáis a estos mis pequeños me lo hacéis a mí también (bueno y malo) y lo que no les hagáis (auxiliar, tener caridad etc.), a mí me lo haréis”les decía Jesucristo a sus discípulos.

              Las palabras malas, fuertes o llamadas en algún país “palabrotas”, son una consecuencia de la cultura del mismo país, mezclada con las creencias, y el desarrollo social de cada región en que se vive. Es posible que haya regiones en el mundo, donde no se utilicen nunca las palabras fuertes y en cambio en otros países (a veces más civilizados supuestamente), se utilizan a destajo.

              Pero cuando estamos refiriéndonos al segundo mandamiento, no es tanto el decir o no decir, pensar o no pensar palabras groseras, sino simple y llanamente “jurar en falso con el nombre de Dios”.

              Juramentos, groserías, chistes soeces, malhumor, blasfemias, son fruto de nuestro carácter, por lo que nos encontramos personas que les cuesta decir una palabra fuerte o, incluso,  que nunca han sido capaces de pronunciarla.

              Pero además, para que un a palabra sea ofensiva, necesita que haya mala intención por parte del que la dice, de querer hacer un daño al otro. Para la iglesia es el momento de considerarlo como un pecado: “porque ofendes a tu hermano,  ofendes a Dios”.

              Si existe la intencionalidad:  “querer hacer daño”, es cuando se convierte pues en pecado y así:

-         palabra mal dicha,

-         palabra mal intencionada,

-         usada para hacer daño a alguien,

constituye una injuria que no es permitida.

Francisco reprende a los que utilizan malas palabras en este sentido, malas artes o se dedica a engañar a los demás para su propio beneficio.

              “Todo lo hemos de hacer en Nombre del Señor, pero no todo lo que decimos del Señor, hay que utilizarlo para conseguir lo que nos gusta, lo que solo es para nuestro beneficio y perjudica a  los demás”.

              Las blasfemias son palabras ofensivas, las palabrotas son palabras groseras, fuertes en el sentido que se les quiere dar, pero no tienen que ser las palabrotas siempre ofensivas. Sabemos que reyes, Duques, oficinistas, obreros, funcionarios, maestros, escritores, intelectuales, astronautas, o taxistas, todos pueden tener un vocabulario habitual lleno de “palabrotas”, pero ya explicamos antes que no siempre significan blasfemias o pecado para la Iglesia.

               Sin embargo, tampoco se olvide lo frecuente con que se escogen palabras referentes a Dios, la Virgen Maria, Jesucristo o el Espíritu Santo, que desde luego, no han sido inspiradas precisamente por el Espíritu Divino. En este caso, y aunque no se tenga intención de dañar a nadie, se considera un pecado para el que lo dice, que no merece tomar el Cuerpo del Señor Jesucristo, hasta que se confiese.

              ¿Qué hacía Francisco de Asís ante las injurias?

              Por supuesto que las evitaba y ya desde joven(Tomas de Celano2), aunque también es verdad que algunos sapos y culebras saldrían de su boca, cuando organizaban las juergas desenfrenadas que eran habituales con sus amigos. Precisamente un hablar noble y remilgado no utilizaría.

              Pero donde Francisco nos da la verdadera lección es en “soportar las injurias con humildad y sencillez y además, ofrecérselas a Dios”. Son muchos los ejemplos a lo largo de su corta vida.

              “Es cierto que en diversas partes del mundo se les inferían atroces afrentas como a personas despreciables y desconocidas; pero el amor que profesaban al Evangelio de Cristo, los hacía tan sufridos, que buscaban preferentemente los lugares que pudieran sufrir persecución en su cuerpo...”(Leyenda Mayor 4,9).

              “Puesto que San Francisco y sus compañeros habían sido llamados y elegidos por Dios para llevar la cruz de Cristo en el corazón y en las obras y para predicarla con la lengua, parecían, y lo eran, hombres crucificados en la manera de vestir, en la austeridad de vida y en sus acciones y obras, de ahí que deseaban más soportar humillaciones y oprobios por el amor de Cristo que recibir honores del mundo, muestras de respeto y alabanzas vanas, por el contrario, se alegraban con las injurias y se entristecían con los honores... (Florecillas 5).

              Todos recordamos aquel pasaje de la vida de Francisco y sus primeros compañeros, cuando en una noche cerrada, lluviosa y fría, intentan entrar a cobijarse en una miserable choza semidestruida, donde consiguen un poco de calor y resguardo. Pero a los pocos minutos, entra un campesino enfurecido y con un palo en la mano lo va depositando en la cabeza, espalda y hombros de los frailecillos que salen del lugar espantados porque el buen señor, tiene que cobijar a su burro, que relinchaba desconsolado por el espectáculo acaecido.

              Los hermanos tornaron rápidamente las blasfemias, injurias, amenazas y bastonazos de aquel segundo burro, en risas desconsoladas, abrazos mutuos  y en una afrenta que una vez más no había sido contestada, sino ofrecida al Señor, a cambio de algún que otro resfriado.

              Pero algo que Francisco y los suyos no podían tolerar era  ver atacados o insultados los pobres indefensos, porque no hay nada más miserable que insultar o dañar a los que menos poseen o no tienen nada. Esa afrenta se le hace a Dios  mismo, pues son, los pobres, sus criaturas más preciadas.

               Me dejan que les diga:

              “Hablar bien y con buena intención no perjudica a nadie y no hay palabra que agrade más, que la que te lleve directo al corazón”. Dios será agradecido y estará contento con usted!

                             Fray Concordia

 

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