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El error del paquete
Una semana antes de Navidad, nuestra familia compró
un pesebre nuevo.
Lo sacamos de la caja y notamos un error:
encontramos a dos figuras del Niño Jesús.
“Alguien debe haber metido la pata y puso
dos niños en vez de uno.
Temo que algún otro pesebre no tiene al niño
Jesús.”
“Ustds. dos vayan a la bodega donde lo
compramos.
Díganle al dueño que ponga este mensaje en
su bodega.”
Fuimos e hicimos lo que mami nos pidió.
Cuando regresamos a los pocos días para
terminar de comprar los mandados, ahí estaba el cartelito que mami habia
pedido, “Si a Ustd. le falta el niño Jesús, llame al 7126.”
Toda la semana estuvimos pendiente del teléfono por
si llamaba alguna persona que le faltaba el niño.
Papi le pedía a mami que se olvidara del
dichoso niño extra.
Seguramente habían familias por todo el país
que habían comprado el mismo nacimiento y puede que sería imposible
encontrar a quién le falta el niño.
“Pongamos a
éste nuevamente en el paquete y
guardémoslo,” dijo mi padre.
“¿Poner al niño Jesús en la caja?
¡Ni en broma, Papi!”, dijimos mi hermano y
yo.
“Esperemos a ver si alguien llama.”
Llegada la Noche Buena, eran las 5
de la tarde y mami mandó a papi ir a la bodega para ver si todos los
pesebres los habían vendido.
“Si no queda ninguno, es verídico que nos
llame alguien esta noche.”
“¿Ir a la bodega?
¿Con el frío que hay? Mujer, ¡está bajo
cero!”, exclamó mi padre.
Pero nosotros insistimos y fuimos con él.
“No puedo creer que hago lo que vuestra
madre me dice,” decía con algo de aceptación, pero gruñón a la vez.
Mi hermano llegó primero a la
vidriera.
“Todos están vendidos.
Quizás mami
tiene razón.
Hoy tendremos una llamada especial.”
Cuando
llegamos a casa, notamos que mami no estaba.
Quizás habían
llamado por el niño Jesús.
“Bueno, Ustds. vayan poniéndose las
pijamas mientras yo empaqueto el regalito que le compré a
mami,” exclamó papi.
Sonó el teléfono.
Era mami.
Quería que fuéramos a donde ella estaba en
el 205 de la calle Chestnut.
Quería también que lleváramos leche y los
bocadillos que habíamos hecho en la mañana.
"Ahora, ¿en qué lío nos ha metido vuestra madre?,” se quejó mi padre
mientras se volvía a poner las botas y el abrigo.
“¿A dónde van con esas colchas?”, nos
preguntó.
“Es que mami
también a pedido que las traigamos.”
Caminábamos hacia el área más
abandonada
del pueblo.
El viento soplaba fuerte y empezaba a nevar.
“Es lo único que faltara.
Vuestra madre siempre nos mete en líos,”
decía papi.
Cuando llegamos a la casa, era la más
oscura de la cuadra.
Solamente se veía una luz tenue en el salón
principal.
Mami abrió la puerta y exclamó, “¡qué bueno
que llegaron!
¡Oh, Dios mío, qué bueno que llegaste con
los niños, Rey!
Niños, por favor, vayan a donde están los
pequeños y tápenlos con las colchas.”
“Esther, ¿se puede saber que rayos
está pasando?”, preguntó papi.
“Hemos atravesado el pueblo bajo
temperaturas infrahumanas y está nevando.”
“No te preocupes por eso, ahora, Rey.
Esta casa no tiene calefacción.
La señora tiene tres pequeñitos y su esposo
la abandonó y no tienen ni para comer.
Están pasando una Navidad fatal.
Así, que no me vengas con cosas que no
vienen al caso.
No sabe qué hacer la pobre mujer.
Yo le dije que tu puedes arreglarle la
boila.”
Mami fue para la cocina con la leche
y los bocadillos, mientras mi hermano y yo tapamos a los niños.
La mamá de los pequeños le dijo a mi padre,
“mi esposo nos abandonó.
Se llevó todo.
Y la calefacción no funciona ahora.
Yo he estado lavando ropas y limpiando casas
para la gente pero por muy poco dinero.
Vi su número de teléfono en la bodega.
Cuando se nos rompió la
boila, el número de teléfono me venía a la mente 7126,
7126.
Decía el letrero que llamara si me faltaba
un niño Jesús.
Pensé que Ustds. debían ser buenos
Cristianos y que me podrían ayudar.
Entonces, llamé a su esposa esta noche.
Señor, no me falta el niño Jesús, lo
amo con todo mi corazón.
Pero sí me falta calefacción para mis hijos.
No tengo dinero para arreglar la
boila.”
“Está bien.
Está bien.
Ha llamado Ustd. al número correcto,” papi
exclamó con mucha calma y con una sonrisa en sus labios.
“Vamos a ver.
No debe ser muy difícil de arreglar.
Seguramente lo que le hace falta es una
pequeña limpieza al aparato.”
Mami regresó de la cocina con leche
caliente y los bocadillos.
Los puso sobre la mesa donde estaba el niño
Jesús que habíamos tenido de más.
Era el único símbolo de Navidad en esa casa.
Papi arregló la calefacción y le dijo a la señora,
“necesita Ustd. más aceite.
Yo haré varias llamadas hoy y vendrán con
más combustible para su sistema.
Sí, señora, llamó al número adecuado.”
Cuando regresábamos a casa, papi no se quejó más.
Y no hicimos más que llegar, que papi estaba
en el teléfono hablando con un amigo.
“Eduardo, hola, si, Feliz Navidad a ti
también.
Oye, hombre, ¿tienes todavía aceite para
boilas en ese camión tuyo?
Ah, ¿si?
Ah, necesitamos que nos ayudes.
Es una situación algo extraordinaria.”
Ya mi hermano y yo habíamos sacado los juguetes que
teníamos y con los que ya no jugábamos.
Cuando el señor Eduardo nos vino a recoger,
teníamos juguetes, ropas y varias cosas más para llevarle a la familia.
Mi hermano y yo fuimos sentados atrás.
A papi no le interesó que había frío, ni a
nosotros.
Estábamos confortables como si estuviésemos
en verano.
Nadie nunca llamó sobre el niño Jesús.
Pero, con los años, me doy cuenta que no había sido un error de
empaquetar. Jesús salva, eso es
lo que hace, ¡y trabaja en formas misteriosas para hacerlo! |